Todavía la segunda noche continúo soñando con caminos del desierto y senderos en barrancos.
Recuerdo que Verónica me preguntó cuánto nos demoraríamos en recorrer cuarenta kilómetros de camino malo, hasta llegar a las huellas de dinosaurio en la Quebrada de Chacarillas. Una hora fácil, con la camioneta de doble tracción. Otra hora más para caminar y sacar fotos, y otra hora de vuelta.
Partimos antes del mediodía después de bañarnos en la cocha de Pica. El mapa de la Turistel señala que la primera salida del camino pavimentado que va de Pica a la ruta 5, lleva al Puquío de Núñez. La camioneta se interna rauda y valiente hacia el Sur en el mediodía soleado por el camino recién reparado. Cada 200 metros un pequeño cartelito enterrado en la arena a la orilla del camino nos asegura que estamos protegidos por los santos oficios del Ministerio de Obras Públicas. Después de varios kilómetros los cartelitos desaparecen y el camino se curva al poniente rodeando un otero de no más de 50 metros.
El camino se torna más arenoso y no parece haber sido reparado recientemente. Llegamos a una encrucijada que aparece en el mapa, el camino que viene del poniente tiene una señal de latón de la que vemos el revés. Nos adelantamos unos metros y vemos que es una flecha que indica un camino que viene del oriente y divisamos los árboles del Puquío de Núñez. Más al Sur está el otero que rodeamos. El mapa indica ahora que debemos tomar un camino, huella en la realidad, que sale hacia el Suroriente.
Siguiendo la huella, después de algunos kilómetros, llegamos hasta una depresión en la pampa. El camino continua a su largo, acercándose y alejándose de su borde. Transcurrido un kilómetro seguimos por un desvío que baja hacia la depresión que ya ha aumentado su profundidad a unos 5 metros de bajo la pampa. Al fondo un hilo de agua desaparece en la arena y a un costado de la huella un pequeño cartel cuadrado que dice “ruta patrimonial” renueva nuestra confianza y continuamos por el fondo de la quebrada. A medida que avanzamos aumenta la cantidad de agua que trae la quebrada y aparecen las cañas y colas de zorro. Luego el sendero atraviesa el agua y continuamos el trayecto por el otro lado. Al poco rato divisamos un zorro que nos observa curioso y semiescondido por la vegetación. Detengo el vehículo y me bajo a tomarle algunas fotos, avanzando hasta que el zorro decide irse.

Después del encuentro con el zorro, seguimos por las sendas del fondo de la quebrada.
Las paredes del barranco con cada vez más altas.
Continuamos una huella de vehículo acercándonos a la pared del barranco, cada vez más alta y alejándonos del curso de agua. No habrá pasado un kilómetro y el camino se hace más arenoso y luego de doblar siguiendo la pared del barranco nos encontramos semienterrados en una duna. Con la doble tracción en marcha alta, la camioneta casi no avanza hacia delante y comienza a deslizarse lateralmente. Nos bajamos todos de la camioneta a analizar la situación. Sólo necesito avanzar unos 20 metros en forma oblicua para alcanzar el terreno firme.
Mis acompañantes se quedan abajo del vehículo mientras logro avanzar sin mayores problemas. A la vuelta nos preocuparíamos de cómo subir por el mismo lugar.

En los kilómetros siguientes la huella de vehículos cruza varias veces el cauce, y un par de veces debemos avanzar largos trechos por el agua, encajonados, esperando encontrar la salida más adelante.
Cuando la quebrada se ensancha, buscamos con la vista en los diversos estratos de las paredes algo que nos indique restos del Jurásico.
Recuerdo que Verónica me preguntó cuánto nos demoraríamos en recorrer cuarenta kilómetros de camino malo, hasta llegar a las huellas de dinosaurio en la Quebrada de Chacarillas. Una hora fácil, con la camioneta de doble tracción. Otra hora más para caminar y sacar fotos, y otra hora de vuelta.
Partimos antes del mediodía después de bañarnos en la cocha de Pica. El mapa de la Turistel señala que la primera salida del camino pavimentado que va de Pica a la ruta 5, lleva al Puquío de Núñez. La camioneta se interna rauda y valiente hacia el Sur en el mediodía soleado por el camino recién reparado. Cada 200 metros un pequeño cartelito enterrado en la arena a la orilla del camino nos asegura que estamos protegidos por los santos oficios del Ministerio de Obras Públicas. Después de varios kilómetros los cartelitos desaparecen y el camino se curva al poniente rodeando un otero de no más de 50 metros.
El camino se torna más arenoso y no parece haber sido reparado recientemente. Llegamos a una encrucijada que aparece en el mapa, el camino que viene del poniente tiene una señal de latón de la que vemos el revés. Nos adelantamos unos metros y vemos que es una flecha que indica un camino que viene del oriente y divisamos los árboles del Puquío de Núñez. Más al Sur está el otero que rodeamos. El mapa indica ahora que debemos tomar un camino, huella en la realidad, que sale hacia el Suroriente.
Siguiendo la huella, después de algunos kilómetros, llegamos hasta una depresión en la pampa. El camino continua a su largo, acercándose y alejándose de su borde. Transcurrido un kilómetro seguimos por un desvío que baja hacia la depresión que ya ha aumentado su profundidad a unos 5 metros de bajo la pampa. Al fondo un hilo de agua desaparece en la arena y a un costado de la huella un pequeño cartel cuadrado que dice “ruta patrimonial” renueva nuestra confianza y continuamos por el fondo de la quebrada. A medida que avanzamos aumenta la cantidad de agua que trae la quebrada y aparecen las cañas y colas de zorro. Luego el sendero atraviesa el agua y continuamos el trayecto por el otro lado. Al poco rato divisamos un zorro que nos observa curioso y semiescondido por la vegetación. Detengo el vehículo y me bajo a tomarle algunas fotos, avanzando hasta que el zorro decide irse.

Después del encuentro con el zorro, seguimos por las sendas del fondo de la quebrada.
Las paredes del barranco con cada vez más altas.
Continuamos una huella de vehículo acercándonos a la pared del barranco, cada vez más alta y alejándonos del curso de agua. No habrá pasado un kilómetro y el camino se hace más arenoso y luego de doblar siguiendo la pared del barranco nos encontramos semienterrados en una duna. Con la doble tracción en marcha alta, la camioneta casi no avanza hacia delante y comienza a deslizarse lateralmente. Nos bajamos todos de la camioneta a analizar la situación. Sólo necesito avanzar unos 20 metros en forma oblicua para alcanzar el terreno firme.
Mis acompañantes se quedan abajo del vehículo mientras logro avanzar sin mayores problemas. A la vuelta nos preocuparíamos de cómo subir por el mismo lugar.

En los kilómetros siguientes la huella de vehículos cruza varias veces el cauce, y un par de veces debemos avanzar largos trechos por el agua, encajonados, esperando encontrar la salida más adelante.
Cuando la quebrada se ensancha, buscamos con la vista en los diversos estratos de las paredes algo que nos indique restos del Jurásico.
Habíamos decidido devolvernos pues las huellas de dinosaurio no se divisaban en ninguna parte. Pero primero alcanzaríamos la pequeña cumbre o la curva que nos permitiría ver el resto del valle y luego avanzaríamos hasta su final que no parecía tan lejos y podríamos ver qué hay más allá. Así fuimos dejando atrás los kilómetros, entre cerros verdes, rojos o morados, según dominaran los óxidos de cobre o de hierro.

Al final de un valle donde encontramos cuatro tamarugos y luego de decidir devolvernos definitivamente, seguimos el impulso de continuar avanzando por un estrechamiento cubierto de cañas. Por el otro extremo del cañaveral avanzan dos camionetas en sentido contrario. Detengo el vehículo apartándome de la huella para no obstruir el paso. Al alcanzarnos les hago señas para que se detengan y les preguntamos por las huellas de dinosaurio.
El chofer de la primera camioneta nos explica que las huellas están más adelante y que en dos ocasiones anteriores no las había podido encontrar, pero que ahora había contratado un guía del lugar que cobraba $ 5.000 por mostrarlas, y que lo acababan de dejar en el recodo al final de las cañas.
Avivadas las esperanzas de encontrar las huellas, continuamos el camino y en un par de minutos nos encontramos con el lugareño que parecía que nos estuviera esperando. Se llama Gregorio y vive solo en una casita que se ve al frente de donde estamos, al otro lado de la quebrada. Se dedica al cultivo de habas y ofrece sus servicios de guía a los vehículos que acertaran a llegar a ese lugar. Tiene familia en Pica, pero se había venido con un tío para hacer un camino hasta una mina que querían explotar, pero la empresa terminó cuando se les acabó el dinero para el combustible o el arriendo del buldózer.
Contratamos sus servicios de inmediato y ya a los 10 minutos nos bajamos nuevamente de la camioneta para caminar hacia una roca oscura que se divisaba en la ladera de la quebrada. Es, efectivamente, el primer grupo de huellas impresas en el sedimento fosilizado. Alcanzamos luego a visitar otras huellas más arriba en la quebrada, y ya satisfechos y preocupados por la hora emprendemos el retorno dejando a Gregorio donde lo habíamos encontrado.


Apuramos la marcha para el retorno, aunque el transcurso del tiempo confirma la gran distancia que habíamos recorrido en la quebrada.
El valle amplio vuelve a estrecharse y en cierto momento cuando recorremos una terraza que se elevaba un par de metros del eje de la quebrada y de su curso de agua, el camino se hice más arenoso y debo aumentar la potencia de la tracción para seguir avanzando. No alcanzamos a recorrer muchos metros cuando la camioneta comienza a moverse lateralmente. Nuevamente nos encontramos en una duna, más pequeña esta vez, que se descuelga desde los paredones de la quebrada. Me doy cuenta que había equivocado el camino de retorno, y tenía que haber bajado al cauce de la quebrada unos cien metros antes.
Luego que mis acompañantes se bajan, trato de retroceder la camioneta.
Agachado, a cierta distancia tras la camioneta, Pablo observa preocupado como no logro retroceder en forma correcta, sino que me muevo en forma oblicua y el declive me lleva peligrosamente hacia el borde. Con el grito de Verónica detengo la marcha y bajo nuevamente de la camioneta. Hay que buscar otra forma de moverla.
Pablo señala que hay que cavar zanjas en la arena, detrás de las ruedas para guiar el retroceso. Mientras cavamos a mano en la arena, Verónica me recrimina por no haber querido las llevar palitas de playa al viaje. En media hora excavando a mano en la arena, logramos hacer dos zanjas paralelas de unos cuatro metros de longitud, que me permitieron finalmente retroceder hasta terreno más duro y luego devolvernos para bajar hacia el cauce de la quebrada.
El chofer de la primera camioneta nos explica que las huellas están más adelante y que en dos ocasiones anteriores no las había podido encontrar, pero que ahora había contratado un guía del lugar que cobraba $ 5.000 por mostrarlas, y que lo acababan de dejar en el recodo al final de las cañas.
Avivadas las esperanzas de encontrar las huellas, continuamos el camino y en un par de minutos nos encontramos con el lugareño que parecía que nos estuviera esperando. Se llama Gregorio y vive solo en una casita que se ve al frente de donde estamos, al otro lado de la quebrada. Se dedica al cultivo de habas y ofrece sus servicios de guía a los vehículos que acertaran a llegar a ese lugar. Tiene familia en Pica, pero se había venido con un tío para hacer un camino hasta una mina que querían explotar, pero la empresa terminó cuando se les acabó el dinero para el combustible o el arriendo del buldózer.
Contratamos sus servicios de inmediato y ya a los 10 minutos nos bajamos nuevamente de la camioneta para caminar hacia una roca oscura que se divisaba en la ladera de la quebrada. Es, efectivamente, el primer grupo de huellas impresas en el sedimento fosilizado. Alcanzamos luego a visitar otras huellas más arriba en la quebrada, y ya satisfechos y preocupados por la hora emprendemos el retorno dejando a Gregorio donde lo habíamos encontrado.


Apuramos la marcha para el retorno, aunque el transcurso del tiempo confirma la gran distancia que habíamos recorrido en la quebrada.
El valle amplio vuelve a estrecharse y en cierto momento cuando recorremos una terraza que se elevaba un par de metros del eje de la quebrada y de su curso de agua, el camino se hice más arenoso y debo aumentar la potencia de la tracción para seguir avanzando. No alcanzamos a recorrer muchos metros cuando la camioneta comienza a moverse lateralmente. Nuevamente nos encontramos en una duna, más pequeña esta vez, que se descuelga desde los paredones de la quebrada. Me doy cuenta que había equivocado el camino de retorno, y tenía que haber bajado al cauce de la quebrada unos cien metros antes.
Luego que mis acompañantes se bajan, trato de retroceder la camioneta.
Agachado, a cierta distancia tras la camioneta, Pablo observa preocupado como no logro retroceder en forma correcta, sino que me muevo en forma oblicua y el declive me lleva peligrosamente hacia el borde. Con el grito de Verónica detengo la marcha y bajo nuevamente de la camioneta. Hay que buscar otra forma de moverla.
Pablo señala que hay que cavar zanjas en la arena, detrás de las ruedas para guiar el retroceso. Mientras cavamos a mano en la arena, Verónica me recrimina por no haber querido las llevar palitas de playa al viaje. En media hora excavando a mano en la arena, logramos hacer dos zanjas paralelas de unos cuatro metros de longitud, que me permitieron finalmente retroceder hasta terreno más duro y luego devolvernos para bajar hacia el cauce de la quebrada.
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